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dissabte, 19 d’octubre del 2013

George Best, el quinto...Beatle!

Sorprendentemente, nunca ha sido incluido entre los cinco grandes, quizás porque nunca jugó un Mundial o una Eurocopa con su amada Irlanda del Norte. Lo cierto es que para muchos, entre los cuales me incluyo; George Best, es uno de los mejores jugadores de la historía, un talento único como lo reconoció el mismisimo "O Rei" Pelé. Su leyenda hace parte de la majestuosa historia del Manchester United; quizás, su primera gran estrella entre las grandes luminarias que han escrito la gloría de los "Mancunians" a lo largo de los últimos 50 años. Supo reconocer su talento el brillante scouting del Manchester United; Bob Bishop, que a través de un telegrama le comentó al gran Sir Matt Busby, el descubrimiento en Belfast de un superdotado "He encontrado al genio que tanto haz buscado" le manifestó Bishop a Matt Busby que emocionado no dudó en llevarselo a Inglaterra para liderar la reconstrucción del United, tras la dolorosa tragedia en el aeropuerto de Munich en 1958.
El joven talento norirlandés no le decepcionó ya que junto a Sir Bobby Charlton, lideró a un brillante equipo que volvió a lo más alto al ganar la FA Cup en 1963, un título que palió la pobre temporada en la liga inglesa en la que estuvo a punto de descender. Todo sin embargo, comenzó a cambiar a partir del año siguiente cuando ocupó la segunda posición, ensamblando un equipo que ganaría la Liga en 1965 y 1967 y que en 1968 alcanzaría para el club, por primera vez la ansiada Copa de Europa, un título en el que Best, fue decisivo al marcar el tercer tanto con el que se sentenciaba el choque (4-1)

dissabte, 28 de setembre del 2013

¿El sexto grande: Zidane, Iniesta, Platini...?

Una tremenda volea en Glasgow, al Bayer Leverkusen, en esa final de Champions que el Madrid ganó haciendo menos que el rival - vivió el último tramo colgado del travesaño y encomendado a Casillas -, les valió a algunos para otorgarle a Zinedine Zidane el 'título' de quinto grande del fútbol, por detrás de los cuatro mosqueteros: Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. Quienes apadrinaron esa gracia, no debieron ver jamás jugar a Michel Platini, de largo el mejor futbolista francés de todos los tiempos. Más gol y más balones de oro que 'Zizou', amén de líder de la generación gala que, de verdad, hizo méritos para llevarse un Mundial. Ni tuvieron en cuenta al crack de Nancy ni, por supuesto, repararon en Leo Messi, que aterrizó más tarde para destrozar de arriba a abajo toda esa jerarquía. Por títulos y por continuidad en el rendimiento ya es el número uno, algo que alargará hasta que él quiera. Por su irrupción, Zidane dejó de ser el quinto grande. Aunque tal vez lo que nadie aún le haya dicho es que, desde hace algún tiempo, tampoco es el sexto. No, al menos, para quienes tenemos el placer de disfrutar de Andrés Iniesta. A sus 28 años, el ilusionista manchego suma más recorrido que Zidane en la élite, donde el marsellés asomó por primera vez más tarde que Andrés - con 24 años - y en el Girondins. Pero no sólo en los números resuelve el azulgrana la comparación a su favor. Fundamentalmente, Iniesta gana el duelo con los pies y una magia que no se agota. Más puesto en el juego colectivo, con y sin balón, dónde ayuda a la recuperación como cualquier otro, el 'ocho' del Barça es un recital ambulante - y constante - en el plano individual. Pero lo más asombroso de su obra en La Rosaleda, tantas veces repetida en su carrera, es que ni un solo retal de sus controles, croquetas o pases fue gratuito. Todo tuvo el sentido de favorecer el juego. No hay sexto malo. Se llama Andrés Iniesta.
David Bernabeu (Mundo Deportivo)

dissabte, 7 de setembre del 2013

Candidato a Quinto Grande: Il Fenomeno

Nuestro colaborador, Pepe Cuenca (un apasionado al fútbol de verdad de los que pocos quedan) nos propone el primer aspirante a Quinto Grande, aceptando, sin compartirlo, que los cuatro históricos (Di Stefano, Cruyff, Maradona y Pelé) fueron los mejores. Cuenca comparte un texto sobre Ronaldo Luis Nazário da Lima, Il Fenomeno. Al final, tenéis un vídeo increíblemente bien realizado por el equipo de Fiebre Maldini. 
"Corre Ronaldo, y es como la erupción del Vesubio, la estampida de la manada de búfalos. Il Fenomeno, en el ocaso de su carrera, se ha roto, pero ha de volver. Por él, y por la hinchada. Mutuamente, se deben el derecho de despedirse. El 12 de octubre de 1996, en un Estadio sin ningún tipo de glamour, en una tarde de un sábado, Ronaldo agarró la pelota en su propio campo, y como un búfalo, en la jugada más grande desde el gol de Maradona a Inglaterra, batió a Fernando, el portero de Compostela. La jugada la tiene todo el mundo en algún lugar del cerebro, y es una obra de arte. La máxima expresividad de potencia, plástica, y técnica, todo en uno, al servicio del fútbol. La estampida del Rey de la Selva. Ronaldo apenas tenía 20 años, y ya era oficialmente el sucesor de Maradona. El quinto grande. 
Antes, en 1994, había ganado un Mundial, aunque no hubiera jugado ni un minuto. Pese a ser de largo el mejor jugador de La Liga, Ronaldo, como antes Drazen Petrovic en el Madrid en 1989, se hizo con la Recopa y la Copa del Rey, pero no con La Liga, que fue para Capello. Nadie sabe aún muy bien por qué, bien por avaro, bien porque Núñez no fuera capaz de cumplir alguna promesa, o un poco por culpa de todos, el brasileño se fue a la miseria del Calcio. En el Inter, un equipo con cierta fama de triturafutbolistas en los últimos tiempos, no podían creerse lo que estaban fichando. Al heredero, el crack, el hombre sobre el que reconstruir el glorioso pasado Neroazzurro. Con 25 goles en 32 partidos, y el título de la UEFA, su primera temporada en Italia fue primorosa. Oficialmente, Ronaldo era ‘Il Fenomeno’. Definitivamente, el Elegido al trono de Maradona. El mejor delantero centro de la historia del fútbol. Lástima que la realidad nos bajara de la nube. Todo se torció en una tarde extrañísima en París, el mismo día de la final de la Copa del Mundo. Aquel día Ronaldo sufrió convulsiones, y Brasil perdió la final contra Francia por 3-1. De aquel partido salió como el más derrotado, mientras que el fútbol se enamoró para siempre de Zinedine Zidane. Después de todo, no hay mal que por bien no venga. Después vinieron más partidos con el Inter, con las rodillas cada vez más maltrechas. Aún así le dio para hacer 14 goles en 19 partidos. En noviembre de 1999 vinieron los primeros 5 meses de convalecencia. La recuperación, las horas de gimnasio, la parte gris y fea que se aleja de la fanfarria que rodea al deportista de élite, ésa no la conoce más que Ronaldo y su gente.
Ya recuperado, o eso parecía, la alegría de la vuelta duró apenas seis minutos. En abril de 2000, ante el Lazio, en la Final de la Copa de Italia, Ronaldo se cayó solo. Ante Fernando Couto, como un saco, como si desde algún sitio de la tribuna le hubieran disparado. Rotura del tendón rotuliano de la pierna derecha, la ya operada. Pronóstico: muy grave. Tanto, que en el imaginario de la grada, Ronaldo, con apenas 23 años, era un ex futbolista. El macho alfa de la manada, el búfalo, Il Fenómeno, el tanque. Todo había terminado. Para siempre. En uno de las recuperaciones más duras de la historia, con seis horas diarias de rehabilitación, y la soledad del atleta, Ronaldo volvió una vez más, contra todo pronóstico, y en un estado formidable. Y lo hizo a tiempo para ganarse el respeto y la admiración del mundo del fútbol. 
A lo mejor no era el de antes, y nunca más lo sería. Las arrancadas en el claro, sacando de cacho a los centrales, se habían acabado. Igual pesaba más de lo debido. Pero estaba de vuelta entre nosotros. Y bien a tiempo que regresó. Lo hizo para marcar 8 goles en Japón y Corea, y para ganar el Mundial de 2002. Lo más hermoso del deporte es que siempre te ofrece la oportunidad de revancha. La FIFA, en otra de sus oblicuas decisiones, le dio a Kahn el título de mejor jugador del Mundial. ¿Qué más daba? El fútbol, que es sobre todo pasión y sentimiento, sólo tenía ojos para Ronaldo. El Rey estaba de vuelta. A la vuelta del Mundial Ronaldo ficha por el Madrid de Florentino Pérez. El ex presidente del Real, que venía acostumbrando a la gente con caviar y champagne, devorado por su propio personaje, no tenía otra salida.